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Carta abierta a Ángel, amigo y compañero de la vida

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Hoy despedimos a nuestro amigo Ángel, con una acto en su recuerdo. Queremos compartir esta carta que ha escrito uno de nuestros compañeros, llena de emoción y afecto.

Querido Ángel:

Estoy sentado al borde de la playa, reclinado dónde tú tantas veces pasabas las tardes y las noches, en lo que tú llamabas tu casa, y dónde te conocí por primera vez. De frente contemplo el río y la playa. Los rayos de un sol primaveral me acarician el rostro. La gente sigue pasando, corriendo, paseando, de vuelta a casa…A mi izquierda un ramo de flores entre unas piedras, unas velas encendidas y un cartel con tu nombre, que algunos de tus amigos han puesto con cariño, hublot replica watches me recuerdan que aunque te hayas ido hace bien poco tú estás presente para muchos.

Contemplando el horizonte, lo que tú veías desde tu casa, siento que empezó para ti una nueva primavera, en la casa de tu Padre, que te estaba esperando.Te recuerdo bien Ángel, por ser el primero que conocí en las rutas. Ese mismo día, al conocerte, comprendí que no había tanta distancia entre nosotros. Hablabas de la vida, de tu pasado maragato, de tus escapadas a la francesa, de las noticias que pasaban a diario, y sobre todo nos hablabas de la vida, de lo difícil que es a veces, de los fallos que podemos cometer y del valor de afrontarla con humor.

Tú te hisciste nuestro amigo, porque así nos tratabas cada noche, como tus amigos.¡ Qué bueno es Dios que nos enseña lo más elemental a través de los sencillos!. Siempre había un “gracias” por el caldo y un “a ti no te conozco, ¿cómo te llamas?”. Y una manta de sobra preparada para el que viniese a tu casa porque no tenía donde pasar la noche. Y aunque no te hiciese mucha gracia compartías con ellos lo que tenías. Así convertiste la playa en lugar para todos, dónde tantos pasábamos a saludarte, a charlar, a compartir un café. Tus vecinos de las Moreras.

Muchos son los recuerdos y anécdotas que nos quedan de tu estancia en el hospital. Aunque a veces nos echabas alguna que otra bronca también era tu manera de decir que te importábamos, que estabas a gusto con nosotros. Y te emocionabas con cualquier pequeño detalle: un poco de sal, unas mandarinas, una colonia y decías “has dado en el clavo”. Y alguna que otra escapada nos dejó helados y estuvimos buscándote por las calles y no aparecías,…

Cuando llegó la hora de la enfermedad nos mostraste también la capacidad para reconocer tus límites. Aunque sabías que debías curarte y tomar la medicación e ir al hospital, nos decías que no podías, que era superior a ti, que no nos querías defraudar, que no te merecías tanto. Cuantas veces nos hubiera gustado haberte cogido y llevado en brazos al hospital, pero no, tenías que ser tú quien diera el primer paso.

Las Moreras seguirán en su sitio y la gente seguirá paseando, corriendo, pero para los que te conocimos no será igual. Quedará un vacío, un vecino menos, faltará un saludo, un “buenas noches” entrañable. Sin embargo, nos llevaremos un amigo, un compañero, un hermano que luchó y nos mostró una vez más el rostro del Padre.
El otro día en el hospital, viendo que no podías casi comer, acurrucado en la cama, tratando de aceptar todo aquello, toda tu vida, te soñé. Te soñé corriendo por los pasillos del hospital, te soñé corriendo por la playa, por el río, en dirección a tu nueva casa, persiguiendo tu sueño, porque, ¿quién puede poner puertas a la libertad?
Eso que tú soñaste en tu vida y que de algún modo nos enseñaste a “perseguir”, se habrá ya hecho presente.

Descansa en paz, Ángel, compañero y amigo de la vida.

 
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